martes, 16 de enero de 2018

Conociendo un poco mejor al galápago europeo

Pinceladas sobre su biología

El galápago europeo (Emys orbicularis) es una especie de tortuga dulceacuícola, de caparazón ligeramente abombado, oscuro con líneas o puntos amarillos. Los ejemplares adultos presentan dimorfismo sexual en base a la talla, siendo las hembras de mayor tamaño.

Se trata de una especie longeva de hábitos carnívoros, que se alimenta principalmente de invertebrados. Presenta pocos depredadores en la etapa adulta, sin embargo huevos y crías sufren tasas de depredación muy elevadas.

Su actividad tiende a ser máxima en primavera y en otoño, descendiendo en invierno (hibernación) y en verano (estivación), momentos en los cuales permanecen en el fondo de la charca o enterrados entre la vegetación circundante.

Las hembras realizan la puesta en verano, con un número variable de huevos (media de 6-7 huevos). El sexo de los neonatos vendrá determinado por la temperatura de incubación, ya que esta especie carece de cromosomas sexuales (T pivotal: 28,5°C). Las eclosiones pueden producirse a finales de verano, pero en algunas poblaciones los neonatos pasan el invierno en el nido y emergen en la primavera siguiente. 

Diferencias morfológicas entre las crías de galápago europeo y de galápago leproso, las dos especies autóctonas de la Península Ibérica. 

Estado de conservación

Las poblaciones ibéricas de galápago europeo están sufriendo un declive generalizado. En España se encuentra catalogado como “Vulnerable”, aunque muchos expertos reclaman la necesidad de elevar la figura de protección. La población ibérica (a excepción del noreste peninsular) constituye una unidad a conservar en sí misma, de gran relevancia para preservar la diversidad genética de la especie.

En la Comunidad de Madrid, donde GREFA está desarrollando su labor, el galápago europeo está catalogado como “En peligro de extinción” según el Catálogo Regional. Esta figura de protección exige la elaboración de un Plan de Recuperación por parte de la Administración, que sin embargo no existe actualmente.

La delicada situación de esta especie se debe principalmente a la destrucción y modificación de su hábitat. En la Comunidad de Madrid y otras zonas de la Península Ibérica, escoge hábitats temporales de aguas lénticas poco profundas, con abundante vegetación acuática y perimetral, tales como prados inundados, pequeñas lagunas y charcas. A esta amenaza se añade el expolio para la tenencia en cautividad, las especies exóticas invasoras, la creciente presión antrópica, el aislamiento de las poblaciones y el cambio climático.



viernes, 5 de enero de 2018

Un poco de etnoherpetología


Los anfibios y reptiles ibéricos (especialmente los ofidios) han sido objeto de leyendas y creencias populares no muy favorables, algunas de las cuales todavía tienen vigencia entre los habitantes de los pueblos. Sin duda estas historias forman parte de nuestra cultura, pero es necesario desmitificar a los herpetos.

Creencias relacionadas con los galápagos

El nombre gallego (Sapo-concho) y el vasco (Apoarmatu: “sapo armado”) indican que existía la creencia de que los galápagos procedían de bellos sapos a los que les creció un caparazón. Actualmente algunos pueblos de nuestra geografía reciben su nombre por estos animales, como Galapagar (Madrid) o Galápagos (Guadalajara).

Un uso tradicional de los galápagos lo encontramos en los aljibes, por ejemplo en los del barrio de Albaicín en Granada. Para comprobar la calidad del agua acumulada en los aljibes era común introducir galápagos, creyendo que el agua estaba contaminada si estos morían. Si los galápagos sobrevivían, el agua era apta para el consumo, ya que además éstos acababan con los insectos y restos orgánicos.

Los galápagos también han sido empleados como alimento. Muchos Monasterios albergaban “galapagueras” entre sus muros, ya que al vivir en el medio acuático los galápagos se consideraban pescado y eran aptos para consumir en Cuaresma o por parte de los monjes cartujos durante todo el año. Principalmente se empleaban para preparar sopa, que también degustaban los reyes. Hoy en día aún se pueden observar estas estructuras, por ejemplo en el Monasterio de El Paular (Madrid) y en el Monasterio de la Cartuja de Santa María de la Defensión (Cádiz), donde además, junto a la galapaguera, se conserva una habitación con una gran mesa de piedra en el centro para romper los galápagos antes de meterlos en la olla.

Otra costumbre, que aún hoy se mantiene en algunas zonas de la Península, es la de mantener galápagos en los patios y corrales para espantar cucarachas, ratas y ratones (práctica sin ningún tipo de base científica). O simplemente capturarlos en su medio natural para mantenerlos como mascota. 

Al igual que el resto de la fauna salvaje ibérica, los galápagos están protegidos y no se pueden mantener en cautividad. A pesar de esto, el expolio es una de las principales amenazas a las que se enfrenta el galápago europeo actualmente. En GREFA hemos recuperado ejemplares adultos que muestran taladros en el caparazón, mediante los cuales sus “propietarios” los mantenían atados con una cadena. Resulta necesario acabar con este tipo de prácticas y velar por uno de los vertebrados ibéricos con mayor riesgo de extinción ¡Trabajemos juntos por la conservación del galápago europeo!




Bibliografía consultada:
Aragón Rebollo, T. et al. 2006. Anfibios y reptiles de la Península Ibérica e Islas Baleares. Ediciones Jaguar. Madrid. 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Anostracos: supervivientes natos (casi siempre)

En varias ocasiones, al visitar una charca durante nuestras labores de conservación del galápago europeo, nos hemos encontrado con unos curiosos animales llamados  anostracos, supervivientes natos de los que os queremos hablar hoy.

Los anostracos son un grupo muy antiguo de crustáceos pertenecientes a la clase Branchiopoda. Se trata de animales de cuerpo blando, con aspecto de pequeños camarones, que miden entre 1 y 2 cm. Los anostracos presentan una gran plasticidad ambiental y, en cierto momento de su historia evolutiva, fueron capaces de dar el salto desde el mar al agua dulce. Este cambio fue posible gracias al desarrollo de un eficaz sistema osmorregulador, la presencia de un hábito alimentario de tipo filtrador no selectivo y la aparición de mecanismos de detención metabólica para pasar la etapa desfavorable en estado de quiste.

A pesar de todo esto, las poblaciones autóctonas del género Artemia, exclusivo de ecosistemas hipersalinos, se están viendo amenazadas en distintos puntos de nuestra geografía. Un ejemplo lo encontramos en las marismas de Odiel, que hasta hace pocos años albergaban una valiosa población de la especie A. parthenogenetica, la cual se ha visto desplazada y sustituida por A. franciscana, un congénere americano cuyas características le permiten imponerse en el ecosistema. Esta invasión ha dado lugar a toda una serie de consecuencias en las marismas, reduciendo la diversidad y abundancia de aves acuáticas y llegando incluso a alterar procesos ecológicos.

Las especies exóticas invasoras son una de las principales causas de pérdida de biodiversidad a nivel mundial (problema que tampoco pasa desapercibido para el galápago europeo) y resulta de vital importancia seguir trabajando para gestionar este problema de manera eficaz.  



Bibliografía consultada:

Graciela Cohen, R. 2006. Los anostracos, ejemplo de una compleja estrategia de supervivencia. Rev. Digital Universitaria, Vol. 7, 11: 1-10.
Sánchez Ordóñez, M. et al. 2017. El último despertar de Artemia: crónica de una extinción anunciada. Quercus 377: 30-38.

martes, 19 de diciembre de 2017

Adaptación o extinción

En general las especies animales tratan de adaptarse o de dispersarse ante las nuevas condiciones ambientales. La capacidad adaptativa puede determinar la probabilidad de supervivencia de las especies y reducir sus tasas de extinción ante el cambio climático, aunque no todas correrán con la misma suerte.

Recientemente la revista Quercus (Cuaderno 382) publicaba un interesante artículo titulado “Las pulgas de agua desarrollan tolerancia al calor”, basándose en el estudio de un equipo belga (Geerts et al. 2015). Las pulgas de agua son pequeños crustáceos que a menudo encontramos en charcas donde también habita el galápago europeo.

El estudio se ha basado en dos tipos de experimentos y ambos concluyen que la tolerancia térmica de la especie Daphnia magna frente al calentamiento reciente de las aguas continentales puede evolucionar con notable rapidez, ya que las pulgas incrementan el límite máximo de temperatura que pueden soportar cuando están expuestas a mayores temperaturas.

La capacidad de respuesta de estas pulgas viene determinada, en parte, por su variabilidad genética, la cual les permite tener el suficiente potencial adaptativo para responder genéticamente al calentamiento del agua.

No siempre se cuenta con la suficiente variabilidad genética

El aislamiento geográfico es un factor que a menudo desencadena pérdidas de variabilidad genética, como ocurre actualmente en algunas poblaciones madrileñas de galápago europeo, que se han ido quedando aisladas por la creciente presión antrópica (urbanizaciones, carreteras, etc.). La pérdida de variabilidad genética supone una pérdida de potencial adaptativo, con la consiguiente disminución en la capacidad de respuesta ante diferentes cambios ambientales (incluyendo nuevas enfermedades, competidores y depredadores o la exposición a contaminantes acuáticos), contribuyendo así a aumentar el riesgo de extinción local a largo plazo.

En las poblaciones con depresión endogámica se pueden valorar medidas de conservación tales como la introducción de ejemplares criados en cautividad o provenientes de centros de recuperación, siempre con las correspondientes precauciones. En cualquier caso debemos continuar recabando información acerca del estado actual de las poblaciones madrileñas de galápago europeo, y sus factores más relevantes de amenaza, para poder conservar a la especie de forma eficaz.